Me han vuelto a despedir de un trabajo. Van seis en el último
año.
He dado clases particulares, volví a currar de camarera, he vendido en una tienda cosas inútiles donde la gente se pegaba por comprar,
me he ido de campamento con 90 salvajes diagnosticados con hiperactividad, he
servido tés de 120 tipos diferentes... y por primera vez he trabajado en una ong de las grandes.
Me llama mi jefe para que pase
por la oficina. El día más caluroso del verano. Podría decir que me pilló por sorpresa, pero no. Cierre
de campaña, no resultados, no vacaciones pagadas. Sayonara, baby.
Un jefe asquerosamente amable que no sólo me despide sino
que me hace dos cartas de recomendación para trabajar en otras dos
organizaciones. De las guerreras de verdad. Como tú. Me dice. Y encima tengo que darle
las gracias al muy cabrón.
Tampoco era un buen día para Samir. Un nuevo ataque contra su
pueblo dejaba más de 500 civiles muertos. En solo dos días.
Me lo pidió con timidez, como si le tuviera que hacer un
favor. Así que nos fuimos juntos, por la tarde, a la concentración que había
organizada en solidaridad con el pueblo palestino.
Leyeron un manifiesto, cantaron canciones, y gritaron mucho
y muy fuerte. Porque nadie les escucha.
Había muchos niños, mujeres y hombres de todas las edades. Llevaban banderas y pancartas, y se cubrían con pañuelos de diferentes colores. También había muchas personas que no hablan árabe ni rezan
el Corán, y que también quieren que sean libres. Libertad. De ser, de estar y de vivir. En paz.
Samir, un hombre de 40 y tantos años y casi metro noventa, gritaba con la rabia y
la impotencia de un niño que creció entre bombas viendo como su país cada vez
se hacía más pequeño. Como una tarta que se reparten entre otros y a
ti no te dejaran ni las migas. Si acaso el dolor de muchas vidas rotas. Para siempre. Y ninguna Historia.
Cuando me despedí de él me dio un abrazo, igual de enorme
que él. Y me miró al corazón diciendo: No te rindas. Nunca. No te rindas, no te
rindas…
Inshallah, hermano.
Quién fui, quién soy y quién seré… Preguntas demasiado ambiciosas para tanta incertidumbre.
Somos laberintos humanos, llenos de todo y de nada y
siempre en constante búsqueda. Emociones, sentimientos, luces y
sombras, colores… Lo perdido y lo ganado
en el camino muchas otras vidas atrás. Pero como todos los verdaderos guerrero de la vida caminamos sin dejar de
mirar al frente, con sed de batalla. Y mirar al sol, de nuevo, cada día.
Tengo un sueño que se repite desde hace
muchos años, desde que vivía en la casa de mis padres hasta hace un par de días. Estoy en mi
casa y al final de un pasillo muy largo descubro una habitación secreta. Es
como un trastero enorme lleno de ropa, juguetes, muebles… y todo está
desordenado y sucio. Es muy grande, así que pienso que me puedo mudar allí para
tener más espacio, la puedo pintar y arreglar como a mí me guste. Cuando
vuelvo días más tarde descubro que todo está ordenado, la ropa colgada en
perchas por tamaños, los juguetes y los muebles colocados, y entonces el espacio
es mucho más grande. Al entrar yo sola y encontrármelo todo así siento miedo
como a algo desconocido, avanzo despacio y con mucha cautela, siento como una especie de amenaza.
Yo me imagino a las personas como a las caracolas. Cuando
miras dentro de ellas compruebas que no existe el fondo y cada vez el laberinto
se empequeñece más haciendo círculos y círculos que convergen en un punto, y
ese punto es el infinito… Y por ese sendero hay tanto que descubrir como de
sorprendernos o atemorizarnos, un aprendizaje que en ocasiones duele en el alma
y otras viene como una lluvia suave de la que te impregnas sin apenas sentir
frío. Hablo de la condición humana, de lo que esperamos de la vida como de
nosotros mismos, y así creamos un vínculo a fuerza de empujar para que el nudo
no deje de aflojarse.
Cada vez que soñaba contigo era una señal. Y claro, te
mandaba mensajes. Pero tú te tenías muy reservado el derecho. Y la admisión.
Capullo.
Creemos que tenemos que demostrar… pero demostrar el qué? No hemos
sido creados para demostrar ni ponernos a prueba en cualquier situación.
Estamos aquí para vivir, y para vivir hay que hacerlo con toda la plenitud de
lo que somos.
Entiendo la cobardía de las personas. Sé que el miedo es algo innato en el ser humano, un monstruo que
hay que tener siempre bajo llave en el calabozo más hondo de nuestro castillo,
pero sin olvidarnos de él, y que sepa que somos sus dueños. Una de las mayores luchas del hombre, de las
que nos hacen crecer. Si no, dejaríamos de ser personas.
Un recuerdo… Un día de verano, en una playa salvaje del sur.
El mar estaba como sólo Neptuno lo siente, y la arena era tan dorada.
Cuando me tumbaba y entrecerraba los ojos miraba a ese manto que arropaba la
playa, que desprendía reflejos de cristal. Las olas rompían en la orilla y se
dejaban morir allí, pero siempre había otra detrás que rugía con más fuerza que
la anterior, y la espuma era tan blanca. Y el sol y las nubes en comunión con el
mar. Era un cuadro que habían pintado para mí, que mutaba a cada
segundo porque continuamente el pintor invisible hacía trazos en el aire para
dibujar e incorporar elementos insustituibles en esa obra. Las gaviotas
gigantes volaban atravesando el cielo para caer en picado hacia el agua y rozar
con sus alas la superficie, haciendo piruetas y formas en el aire llenas de
gracia y precisión. Al mismo tiempo la brisa me traía el perfume a mar, olor a
sal, olor a arena brillante y a vida, olor a algo que continuamente está
naciendo, olor a azul, olor a fuerza y a misterio por tanta belleza, olor a
algo infinito que no puede ser abarcado, olor a inmensidad… Era como la visión
de un oasis en el desierto, y era yo y todo eso para mí… era la gloria.
El 12/12/12 soñé que nos encontrábamos a medio camino entre
mi casa y la tuya. Yo iba con mis amigos y tú con los tuyos. Entonces nos vamos todos a
otra casa desconocida, para quedarnos ahí y cuidarte. Lo que más recuerdo del
sueño es tu aspecto, estabas demacrado, un poco desafiante y agresivo en las
formas, bastante desaliñado, como cuando llevas tres días sin ducharte y alguien
te tiene que arrastrar para que hagas las cosas. Y tú te dejas llevar un poco a
la fuerza porque no tienes fuerzas propias para hacer nada…
Sueños, deseos… todo se confunde para convertirse en uno,
así que la magnánima presencia de la magia haga lo que crea oportuno. Creencias
antiquísimas más allá de la memoria histórica y humana nos convierten
continuamente en víctimas de lo ancestral o en protagonistas de algo que se
repite como una variable misteriosa en el curso de la Humanidad. Por ese
motivo, callaremos en el silencio más sectario lo que está dentro de nuestras
caracolas…
Estabas tan bonito dándole la espalda al mundo. Pero yo me
meaba mucho y bajé corriendo al baño. Me dije, si cuando vuelva sigue ahí, me
siento con él. Y gané.
Una creencia… En el poder de nosotros mismos para alcanzar
lo que deseamos, para levantarnos una y otra vez, para crecer, para amar, para
mirar con honestidad al mundo y a nosotros.
Y cuando no sepas lo que hacer... r e s p i r a.
Entonces, cómo explicarle a la nostalgia que la vida se vive de frente?
Pues, supongo, que.
Caminando delante de él.
Subirte la falda.
Y enseñarle el culo.
En fin.
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