A veces pienso que la libertad de expresión está
sobrevalorada, sobre todo por los que pueden ejercerla.
Hace ya algunos años me apunté a un curso de Derechos Humanos que
organizaba la Complutense en colaboración con la Federación de Asociaciones para la Defensa y Promoción
de los Derechos Humanos, compuesta por plataformas, ong’s y distintas
organizaciones.
Los profesores y ponentes eran gentes de mucho prestigio
internacional, unos venían de un ambiente más académico e institucional que
otros, pero todos tenían en común la experiencia de haber trabajado con los
sectores de la población más oprimidos por la Historia del hombre: mujeres, comunidades
indígenas, víctimas de guerras y genocidios, políticas de apartheid, pobreza y violencia
extrema, exiliados, refugiados…
Al comienzo de la primera sesión nos prepararon una dinámica
grupal que iba a ayudarnos a entender qué es eso de los Derechos Humanos.
En clase éramos unas veinte personas, nos pidieron confianza en
ellos y dejarnos hacer lo que nos iban a hacer a continuación. Nos colocaron a
todos de pie en círculo y acto seguido nos dieron la vuelta uno a uno mirando
contra la pared. Nos ataron las manos por la espalda y nos sujetaron los pies,
nos pusieron vendas tapándonos la boca e incluso a algunos les vendaron los
ojos. Después nos pusieron una pegatina en la frente a cada uno de
tres colores diferentes, rojo, verde y amarillo. Para terminar nos volvieron
a dar la vuelta colocándonos frente al grupo.
La dinámica consistía en agruparnos
en función de los colores, sin saber cuál era el nuestro, mediante gestos y
señas a los demás.
Lo que vino después fueron gritos, ojos llenos de miedo,
angustia, rabia, impotencia, dolor…
Es así como pude aprender no la definición de Derechos Humanos sino lo que los seres humanos sienten cuando son víctimas de
la violación de los mismos. Y ahí encontré el mensaje: para comunicarse con los
otros primero hay que escuchar, olvidarse de uno mismo y escuchar.
Porque la importancia del silencio no consiste en callar lo
que ven los ojos, sino en escuchar lo que siente el corazón.

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