viernes, 6 de junio de 2014


A veces pienso que la libertad de expresión está sobrevalorada, sobre todo por los que pueden ejercerla.

Hace ya algunos años me apunté a un curso de Derechos Humanos que organizaba la Complutense en colaboración con la Federación de Asociaciones  para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, compuesta por plataformas, ong’s y distintas organizaciones.

Los profesores y ponentes eran gentes de mucho prestigio internacional, unos venían de un ambiente más académico e institucional que otros, pero todos tenían en común la experiencia de haber trabajado con los sectores de la población más oprimidos por la Historia del hombre: mujeres, comunidades indígenas, víctimas de guerras y genocidios, políticas de apartheid, pobreza y violencia extrema, exiliados, refugiados…

Al comienzo de la primera sesión nos prepararon una dinámica grupal que iba a ayudarnos a entender qué es eso de los Derechos Humanos.

En clase éramos unas veinte personas, nos pidieron confianza en ellos y dejarnos hacer lo que nos iban a hacer a continuación. Nos colocaron a todos de pie en círculo y acto seguido nos dieron la vuelta uno a uno mirando contra la pared. Nos ataron las manos por la espalda y nos sujetaron los pies, nos pusieron vendas tapándonos la boca e incluso a algunos les vendaron los ojos. Después nos pusieron una pegatina en la frente a cada uno de tres colores diferentes, rojo, verde y amarillo. Para terminar nos volvieron a dar la vuelta colocándonos frente al grupo. 
La dinámica consistía en agruparnos en función de los colores, sin saber cuál era el nuestro, mediante gestos y señas a los demás.

Lo que vino después fueron gritos, ojos llenos de miedo, angustia, rabia, impotencia, dolor…

Es así como pude aprender no la definición de Derechos Humanos sino lo que los seres humanos sienten cuando son víctimas de la violación de los mismos. Y ahí encontré el mensaje: para comunicarse con los otros primero hay que escuchar, olvidarse de uno mismo y escuchar.

Porque la importancia del silencio no consiste en callar lo que ven los ojos, sino en escuchar lo que siente el corazón.

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